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10 frases impensables en una crianza respetuosa

Crianza respetuosa

Una crianza respetuosa se basa en la profunda confianza hacia el niño/a y sus posibilidades para lograr las cosas por sí mismo/a

Las madres de día tenemos muy en cuenta cuáles son las cosas que jamás haríamos en una de nuestras iniciativas

Una crianza respetuosa, como la que se vive en el hogar de una madre de día, no entiende de determinadas situaciones que observamos casi a diario en la calle o en el parque.

A continuación, os dejo diez frases que no se conciben en una crianza basada en el profundo respeto a la infancia:

«Cuidado, que te vas a caer»

Cuántas veces hemos escuchado esta frase en el parque. “¡No te subas al bordillo, que te vas a caer!”. “¡Cuidado! Que es peligroso…”.

Cada vez que un adulto trata de eliminar un riesgo inexistente para el niño/a, está limitando su capacidad de aprendizaje.

Porque la clave está, precisamente, en la inexistencia de ese riesgo. Un bordillo bajito, una acera… El pequeño/a está explorando, poniendo a prueba su equilibrio.

El único riesgo es amedrentarle y pensar que no lo va a conseguir por sí mismo.

Así que la próxima vez que tengas la tentación de pronunciar una frase así, piensa antes:

“¿Realmente es tan peligrosa una caída desde un bordillo tan bajito?” Y, a menos que veas un riesgo real de caída que ponga en peligro la vida del menor, limítate a observar y ver cómo alcanza a conseguir algo grande por sí mismo.

«Espera, que te ayudo a subir ahí»

Otra situación típica que vemos a diario en el parque. El niño/a tratando de conseguir algo por sí mismo/a, como es el subirse por las escaleritas de un tobogán, y el adulto detrás anticipándose a algo que el menor no le ha pedido en ningún momento: su ayuda.

¿Por qué hay quien se empeña en no confiar en la capacidad innata del niño/a de conseguir cosas por sí mismo/a para las que está perfectamente preparado/a?

Anticiparse y ofrecerle tu ayuda sin que te lo haya pedido, también está limitando su capacidad de aprendizaje.

«No te tires por esa rampa, que vas a romper el pantalón»

Cuántas veces nos hemos encontrado con adultos agobiados en el parque por si el niño/a se mancha el pantalón a estrenar o un vestido reservado para ocasiones especiales.

“No te tires por ahí, que te vas a destrozar el pantalón”.

Pretender que un niño/a no se manche o deje impoluto un pantalón en el parque es tan complicado como absurdo. Un niño se va a manchar sí o sí. Es más. Es probable que incluso pueda hacerse un siete en un pantalón al arrastrarlo por una rampa por la que se está lanzando.

Lo que tiene que hacer el adulto es poner al niño/a ropa cómoda que le permita el libre movimiento y asumir que si se rompe una prenda será por algo que habrá merecido la pena.

«No llores, que no ha sido nada»

Un niño/a se cae y llora. El adulto rápidamente va tras él a decirle que no llore, que no ha sido nada. “Eso no es nada, cariño. No llores, que no es nada”.

El pequeño/a interpreta esta frase como algo contradictorio, pues sí que ha sido algo para él/ella. Ha sido algo, de hecho, que le ha producido un daño y le ha hecho llorar. Le ha dolido.

Al tratar de consolar al niño/a, el adulto emite un mensaje contradictorio, eliminando toda posibilidad de dolor y, eso, no favorece su autoestima. Primero, porque piensa que el adulto está restando importancia a su dolor.

Segundo, porque si quiere llorar, debe llorar. Hay que dejarle llorar hasta que se le pase. Siempre, eso sí, permaneciendo a su lado, arropándole y siendo empáticos con su dolor.

Hay que arropar a los niños cuando lloran

Un niño llora después de haberse caído. Foto: Freepik

«Así no se hace, mira cómo lo hago yo»

Muchos adultos sienten esa necesidad de intervenir en el juego de los niños, limitando su capacidad de aprendizaje. Si el niño/a está preparado para hacer una torre, no hace falta que estemos pendientes de él/ella por si la hace más o menos alta, o más o menos torcida.

Simplemente hemos de entender que está preparado/a para hacerla a su manera. Y el resultado de su torre, será solo suyo.

Y lo que sea que haya conseguido, lo habrá conseguido por sí mismo. Un niño/a está preparado para el juego libre, sin intervención del adulto, siempre y cuando se pongan los juguetes adecuados a su altura.

«Termínate todo el plato»

Un niño/a come lo que necesita. Punto. La ración que ingiere de media suele caberle en la palmita de su mano, por lo que nos podemos hacer una idea de que no es necesario sobre alimentarle pensando que se ha quedado con hambre.

Nunca debemos obligar a un niño/a a acabarse un plato, y más si le hemos puesto un plato mucho más grande de lo que está preparado para comer según su edad y su desarrollo evolutivo.

«No comas con la mano que te vas a manchar»

Si queremos que un niño vaya adquiriendo autonomía como un hábito saludable en la mesa, hay que dejar que coja la comida con las manos y se manche.

En un hogar de una madre de día, lo normal es que haya tres o cuatro niños/as, cada cual en una edad diferente, y en la mesa el comportamiento de cada uno de ellos/as sea dispar.

Por eso no vamos a pretender que cojan la cuchara o el tenedor para comer si aún no están preparados/as para ello. Si se manchan, será lo normal.

Será parte de su aprendizaje y habrá que dejarles. Otra cosa es poner límites si vemos que llega un momento en que se dedican a tirar la comida al suelo.

Cuando esto sucede, lo adecuado es retirarle el plato, pues eso nos debe hacer interpretar como que el niño/a ya ha saciado su hambre y no quiere seguir comiendo.

Un niño come con la mano y se ensucia

Un niño se mancha al comer con la mano. Foto: Freepik

«Déjale el juguete al niño, que hay que compartir»

Muchos adultos se agobian porque su niño/a no quiere compartir el juguete con otros niños/as en el parque. Se sienten apurados con los demás padres o cuidadores y es frecuente escuchar eso de:

“Déjale el coche un ratito, que tú lo tienes siempre, y hay que compartir”.

Un niño/a de corta edad no entiende que es eso de compartir. Lo único que concibe es que quiere jugar con su juguete y no entiende que se le quite a traición para dejárselo a otro niño/a en el parque. Aunque solo sea “un ratito”. 

Precisamente porque el peque no entiende de ratitos, solo de emociones. Y su juguete es su juguete. Y por eso llora si lo tiene que compartir.

«No saltes en el charco, que te mojas»

Otra manía de limitar la capacidad de aprendizaje y experiencias gratificantes en los niños/as. Impedir que salten en los charcos de agua un día de lluvia.

No hay ningún problema en que lo hagan mientras vayan bien preparados/as con el chubasquero, las botas y el mono de agua.

El agua es uno de los hitos que descubren desde bien bebés y sin duda es un elemento natural que les permite tener multitud de vivencias. ¡Déjale que disfrute de todas y cada una de ellas!

«Date prisa, que no llegamos al parque»

Salir con un niño/a a pasear es salir sin prisa. No dejarle que se detenga a observar a una hormiga, un caracol o unos operarios que están haciendo una obra en una fachada.

Todo es susceptible de sorprender al niño/a y hacerle descubrir cosas nuevas. Las prisas y los niños/as no son buenas consejeras. Precisamente porque cada cual tiene un ritmo.

Y respetar el de la infancia debería ser algo que llevásemos tatuado a fuego los adultos.

Sobre ritmos y atención a las necesidades básicas de la infancia hablo en mi curso Abre tu proyecto de madre de día, al que te invito a acceder si quieres formar parte de esta maravillosa profesión.

 

 

 

 

 

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Arancha Cuéllar

Periodista, educadora infantil y madre de día en La Casita de Pez Austral. Firme defensora del acompañamiento respetuoso a la primera infancia.

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